Tarjetas de crédito: el motor para financiar el consumo básico

La creciente inflación en servicios y la pérdida de poder adquisitivo obligan a las familias argentinas a recurrir al financiamiento plástico para cubrir sus necesidades alimentarias y cotidianas.

El avance del financiamiento en el rubro alimentos

El escenario económico actual ha forzado un cambio estructural en los hábitos de pago de los argentinos. Según el último informe del Centro de Estudios para la Recuperación de la Argentina (RA), dependiente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), la tarjetas de crédito se han transformado en una herramienta de supervivencia más que de conveniencia. En noviembre de 2023, el 39% de los consumos en supermercados se realizaba mediante financiamiento; para enero de 2026, esa cifra escaló dramáticamente hasta alcanzar el 57%.

Este fenómeno no responde a una mejora en la inclusión financiera o a la efectividad de promociones comerciales, sino a una necesidad imperiosa de diferir gastos esenciales. La brecha entre los ingresos y el costo de vida se ha ensanchado, llevando a que productos de la canasta básica —que históricamente se abonaban con débito o efectivo— hoy se trasladen al resumen mensual del crédito.

El impacto de los servicios en el presupuesto familiar

Uno de los factores determinantes en esta mutación del consumo es el encarecimiento relativo de los servicios públicos y privados. Desde el inicio de la gestión de Javier Milei en diciembre de 2023, la dinámica de precios ha mostrado una asimetría marcada: mientras que la inflación acumulada en bienes fue cercana al 170%, los servicios experimentaron un salto del 362%.

Esta disparidad ha reconfigurado la estructura del gasto de los asalariados. A fines de 2023, la compra de bienes (alimentos, vestimenta, artículos del hogar) representaba el 62% del gasto total, mientras que para enero de 2026 esa participación cayó al 58%. En contrapartida, el peso de los servicios escaló del 38% al 42%. El resultado es directo: al destinar una porción mayor del sueldo a pagar tarifas, prepagas y transporte, el dinero disponible para adquirir bienes físicos se reduce, obligando a las familias a utilizar las tarjetas de crédito para compensar ese déficit.

Morosidad en niveles históricos

La contracara de este aumento en el uso del crédito es el deterioro de la capacidad de pago. El informe de la UBA destaca un dato alarmante: la morosidad de las familias argentinas con sus canales de financiamiento saltó del 2,5% al 12% en poco más de dos años. Esta cifra sitúa el incumplimiento de pagos en niveles que no se registraban desde el año 2009, superando incluso los picos observados durante la crisis sanitaria de la pandemia.

La dinámica es circular y peligrosa. Para sostener los niveles de consumo de bienes que se tenían antes de la devaluación y el ajuste de tarifas, los hogares recurren a préstamos y financiamiento plástico. Sin embargo, al ser una deuda contraída para consumo corriente y no para inversión, el margen de maniobra se agota rápidamente, derivando en el impago de los resúmenes.

Un cambio de paradigma en el crédito al consumo

El crecimiento del crédito al consumo, que se incrementó un 57% en términos acumulados durante el periodo analizado, refleja esta «asistencia financiera» forzosa. Los analistas del Centro de Estudios RA advierten que este no es un fenómeno coyuntural, sino estructural. El uso de las tarjetas de crédito para comprar leche, carne o productos de limpieza indica que el salario ha dejado de ser suficiente para cubrir el mes calendario de forma autónoma.

A diferencia de otros periodos históricos donde el crédito se utilizaba para bienes durables (electrodomésticos o tecnología), hoy el financiamiento está «licuando» el ingreso presente para sostener el pasado inmediato. La dependencia del plástico se ha vuelto total en sectores de clase media y baja, donde el cupo de la tarjeta determina, literalmente, cuánto se puede comer en la última semana del mes.

Conclusión y perspectivas

La economía argentina enfrenta un desafío complejo donde la desaceleración de la inflación en algunos rubros no se traduce necesariamente en alivio para el bolsillo. Mientras el peso de los servicios siga erosionando el ingreso disponible, el uso de las tarjetas de crédito como muleta para el consumo básico seguirá en ascenso. El principal riesgo reside en la sostenibilidad de este modelo: con una morosidad del 12% y tasas de interés que, aunque a la baja, siguen siendo onerosas, el sistema financiero y las familias se encuentran en una zona de alta vulnerabilidad.