La infancia en la era de la libertaria: más de la mitad sumida en la pobreza, un futuro hipotecado

Más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes del país viven en la indigencia, una tragedia silenciosa que hipoteca el futuro de la nación y desnuda la crueldad de un ajuste que impacta con mayor fuerza a los más vulnerables.

Las estadísticas difundidas por el INDEC correspondientes al segundo semestre del año pasado son un mazazo a cualquier discurso triunfalista. Que el 52,7% de los niños, niñas y adolescentes se encuentren bajo la línea de pobreza monetaria no es un dato aislado, sino la confirmación de una tendencia estructural que se ha consolidado a lo largo de los años, pero que la actual gestión parece decidida a ignorar en su afán por mostrar resultados inmediatos, aunque superficiales.

La pobreza infantil, como bien señala IDESA, no es un fenómeno reciente, sino una herencia de políticas económicas fallidas. Sin embargo, en la era de Javier Milei, con su prédica de ajuste y reducción del Estado, no se vislumbran estrategias concretas para revertir esta dramática situación. Más bien, las medidas implementadas, con su foco en el recorte del gasto público, corren el riesgo de exacerbar aún más la vulnerabilidad de este sector crucial de la sociedad.

Las carencias que enfrentan estos niños y adolescentes trascienden la mera falta de ingresos. La imposibilidad de acceder a una alimentación nutritiva y variada, como denuncia un estudio de la UCA, tiene consecuencias directas en su desarrollo físico y cognitivo, perpetuando un ciclo de pobreza intergeneracional. Que una cuarta parte de los hogares con niños pobres no cuenten con ningún integrante que haya completado la enseñanza obligatoria es un indicador alarmante de las limitadas oportunidades que les esperan en el futuro. La brecha en el acceso a la universidad entre jóvenes de distintos estratos económicos es otra muestra de cómo la pobreza temprana siega las aspiraciones y el potencial de miles de argentinos.

El desempleo juvenil, que triplica la tasa de los adultos, y la alarmante informalidad laboral que afecta al 62,4% de los jóvenes ocupados no profesionales, son síntomas de un mercado laboral que expulsa a las nuevas generaciones y las condena a la precariedad. ¿Cómo puede un país aspirar al progreso cuando su juventud se ve privada de oportunidades laborales dignas y formales?

La falta de acceso a servicios básicos como el gas por red para la mitad de los hogares con niños pobres y la carencia de agua corriente para el 14% de ellos son una vergüenza para una nación que se precia de su desarrollo. Estas privaciones no solo afectan la calidad de vida presente de estos niños, sino que también tienen implicaciones directas en su salud y bienestar a largo plazo.

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La dependencia de ayudas sociales por parte de más del 42% de estos hogares es un claro reflejo de la incapacidad del sistema para garantizar una subsistencia digna a través del empleo y de la necesidad de un Estado presente que, paradójicamente, la actual administración busca desmantelar.

La falta de acceso a la salud, con más de la mitad de la población infantil dependiendo exclusivamente del sistema público, sumado a las deficiencias en el hábitat y la alarmante brecha digital (con altos porcentajes sin acceso a internet, celular o computadora), configuran un escenario de exclusión multidimensional que condena a estos niños y adolescentes a una ciudadanía de segunda categoría.

En lugar de celebrar una disminución de la pobreza general que deja intacta la tragedia infantil, el gobierno debería reflexionar profundamente sobre las consecuencias de sus políticas en los sectores más vulnerables. La infancia argentina no necesita insultos ni triunfalismos vacíos, sino medidas concretas y urgentes que garanticen sus derechos básicos y les brinden la oportunidad de construir un futuro digno. La «Urbe» clama por un cambio de rumbo, por políticas que prioricen la protección de la infancia y que dejen de hipotecar el futuro de la nación en aras de un ajuste fiscal insensible y cruel. La pobreza infantil no es solo una estadística, son vidas truncadas y un futuro colectivo comprometido.