Depresión en adultos mayores: claves para identificarla y prevenirla

La gerontóloga Graciela Spinelli detalla cómo diferenciar la tristeza de un cuadro clínico complejo, subrayando la importancia de la socialización y la actividad física para proteger la salud mental.

La enfermedad silenciosa en la tercera edad

Que una persona mayor permanezca más tiempo en la cama, abandone actividades que antes le resultaban placenteras o manifieste una notable falta de apetito suele interpretarse, erróneamente, como una consecuencia natural del envejecimiento. Sin embargo, detrás de esta supuesta apatía biológica puede esconderse una patología mental severa: la depresión. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente el 14% de los adultos de 70 años o más padecen algún trastorno mental, siendo la depresión y la ansiedad los diagnósticos más recurrentes en esta franja etaria.

En una entrevista exclusiva, la licenciada Graciela Spinelli, experta en gerontología del Centro Los Pinos, advierte sobre la peligrosidad de normalizar ciertos estados de ánimo en la vejez. La profesional sostiene que el estigma de que «por ser viejo se es depresivo» impide que miles de pacientes reciban el tratamiento adecuado, profundizando un aislamiento que puede ser fatal para la calidad de vida.

Diferencias fundamentales entre tristeza y depresión

Es crucial establecer una distinción clara para evitar autodiagnósticos o preocupaciones innecesarias. Spinelli explica que la tristeza es una emoción básica, universal y, paradójicamente, necesaria. Funciona como una herramienta psicológica para procesar pérdidas, cambios o las dificultades inherentes a la existencia. Estar triste por un evento puntual es una respuesta saludable del psiquismo.

La alarma debe encenderse cuando esa emoción se vuelve estática. Si la tristeza se sostiene en el tiempo, si el individuo siente que no puede salir de ese estado ni por un instante y, fundamentalmente, si este sentimiento comienza a condicionar la funcionalidad de su vida diaria, estamos ante un cuadro que requiere la intervención de un profesional de la salud mental. La depresión no es un estado de ánimo pasajero, sino una configuración clínica que altera la química cerebral y la percepción de la realidad.

Señales de alerta: qué observar en el entorno familiar

La detección temprana es el factor determinante para un pronóstico favorable. La licenciada Spinelli enumera una serie de comportamientos que los familiares y cuidadores deben monitorear con atención:

  • Aislamiento social progresivo: El abandono de contactos con amigos o familiares y el rechazo a participar en reuniones habituales.

  • Hipersomnia o sedentarismo extremo: Pasar la mayor parte del día en la cama o en un mismo sillón, sin una causa física que lo justifique.

  • Anhedonia: La pérdida total de la voluntad o el interés por realizar cualquier tipo de actividad, incluso aquellas que históricamente le generaban alegría.

  • Alteraciones en la alimentación: Una pérdida de apetito persistente que deriva en una baja de peso no planificada.

  • Abandono del autocuidado: Descuido en la higiene personal o en el mantenimiento del orden y la limpieza del hogar, señales de que la energía interna se ha agotado.

El acompañamiento: empatía sobre el juicio

Uno de los mayores obstáculos en el tratamiento de la depresión en adultos mayores es la incomprensión del entorno. «En ocasiones se comete el error de pensar que la persona no pone voluntad, que no tiene ganas porque no se esfuerza», señala Spinelli. Esta perspectiva es errónea y dañina, ya que la falta de voluntad (abulia) es un síntoma de la enfermedad, no una decisión caprichosa del paciente.

El rol de la familia debe ser el de acompañar sin juzgar, validando el dolor del otro pero fomentando, de manera suave y constante, el retorno a las rutinas. Es fundamental observar los cambios sutiles: a veces la depresión no se manifiesta con llanto, sino con el abandono de un hábito muy querido, como el cuidado de las plantas, la lectura del diario o el tejido.

Estrategias de prevención y protección

Para combatir la aparición de estos cuadros, la prevención debe comenzar mucho antes de que los síntomas aparezcan. La especialista destaca que la preparación para los cambios que trae el paso del tiempo es esencial para que estos no tomen por sorpresa al individuo.

El mantenimiento de la actividad física es el primer gran pilar. Evitar el sedentarismo no solo mejora la salud cardiovascular, sino que libera neurotransmisores asociados al bienestar. El segundo pilar, y quizás el más relevante en la vejez, es la socialización. Crear nuevas redes de apoyo, asistir a centros de jubilados, participar en talleres o simplemente mantener una presencia activa en la comunidad actúan como «factores protectores maravillosos». Mantenerse presente y conectado es, en última instancia, la mejor medicina contra el aislamiento que alimenta la depresión.