Consumo en clave de supervivencia: ajuste en góndola, más deuda y pérdida de calidad de vida
Seis de cada diez hogares recortan gastos, fragmentan sus compras y la morosidad alcanza niveles récord ante un ajuste económico que erosiona el poder adquisitivo de las familias argentinas.
El desacople entre la actividad económica y el consumo masivo ha profundizado la crisis en la economía doméstica. Con ingresos en retroceso y sin señales claras de recomposición, el 61% de los hogares argentinos debió recortar gastos y resignar calidad de vida para llegar a fin de mes durante el primer trimestre de 2026. En este escenario, se ha consolidado la denominada “triple infidelidad”: una ruptura sistemática de los consumidores con sus marcas habituales, los comercios de cercanía e incluso con el origen de los productos, priorizando el precio por sobre cualquier otra variable de fidelidad.
El fin del consumo como motor de crecimiento
Según el último informe de la consultora Moiguer, la gestión de Javier Milei presenta una dinámica donde el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) no se traslada al bolsillo del ciudadano. A diferencia de ciclos anteriores, como el período 2003-2015 donde el consumo acompañaba la suba del PIB, hoy se observa una caída estrepitosa que sitúa los niveles de consumo en registros cercanos a la crisis del 2002. Las proyecciones son conservadoras: se estima que el consumo recién recuperaría los niveles de 2023 hacia el año 2030.
Este cambio estructural ha modificado los hábitos de compra. Si en años de alta inflación la estrategia era «adelantar compras» para ganarle a los precios, hoy la lógica es de administración de guerra: se gestiona «peso por peso», comparando promociones y fragmentando la compra entre supermercados, mayoristas y canales online. Las estadísticas reflejan este desplome: desde noviembre de 2023, las ventas en supermercados cayeron un 11% y en mayoristas un 19%.
La brecha del «Índice Pizza» y el deterioro del ingreso
Un indicador contundente del rezago argentino es el «Índice Pizza», que mide cuántas unidades de este producto básico se pueden adquirir con un salario mínimo. En 2026, el ingreso mínimo en Argentina apenas permite comprar 12 pizzas, una cifra alarmante frente a las 51 de Uruguay, 34 de Chile o 19 de Brasil. Este dato cobra relevancia al observar que el salario mínimo real cayó de 550 dólares en 2012 a los actuales 240 dólares.
Además del bajo poder de compra, el peso de los gastos fijos ha asfixiado el ingreso disponible. En noviembre de 2023, el pago de servicios públicos (luz, gas, agua) y transporte representaba el 4,8% de un salario mediano; hoy, esa cifra se ha disparado al 10,8%. En términos prácticos, tras pagar las tarifas y cargar la tarjeta SUBE, las familias cuentan con un margen drásticamente menor para alimentos y bienes básicos.
Deuda estructural y morosidad récord
Cuando el ajuste en la góndola no es suficiente, los hogares recurren a estrategias de supervivencia financiera que hoy muestran signos de agotamiento. El endeudamiento ha dejado de ser un alivio transitorio para convertirse en un problema estructural. Según el Instituto Argentina Grande (IAG), la morosidad ha alcanzado niveles históricos desde 2010: el 13,2% de los créditos personales y el 11% de los saldos de tarjetas de crédito se encuentran en situación irregular.
La desesperación por sostener el consumo básico ha llevado a que un tercio de las familias gaste sus ahorros o pida dinero prestado a conocidos, mientras que un 10% ha llegado al extremo de vender pertenencias para cubrir sus necesidades. Con una mora que se ha triplicado en todas las provincias y salarios públicos nacionales que perdieron un 37,2% de poder de compra respecto a 2023, el panorama exhibe una Argentina donde consumir ha dejado de ser una elección para transformarse en un ejercicio permanente de restricción y supervivencia.
