Barrios populares: la deuda crece para comprar comida en el país

La crisis de ingresos golpea a los barrios populares: tres de cada cuatro hogares no cubren gastos mínimos y el 60% se endeuda para alimentarse.

En los barrios populares, tres de cada cuatro familias no logran cubrir con sus ingresos los gastos indispensables para subsistir, una realidad crítica que empuja al 61,8% de la población encuestada a recurrir a préstamos, fiados y financiamiento informal simplemente para comprar comida. El dato surge del informe final presentado por el Instituto Periferias tras relevar 5.000 casos en 15 provincias argentinas, confirmando que el crédito perdió su carácter de anticipo de consumo duradero o inversión y se transformó en un mecanismo desesperado para suplir salarios y asignaciones que quedaron pulverizados frente al costo de vida.

Una brecha estructural entre ingresos y subsistencia

El relevamiento territorial expone una asimetría alarmante en la base social: el 74,4% de los hogares asegura no alcanzar el dinero mínimo requerido para atravesar el mes, mientras que apenas un magro 11,1% logra cubrir sus compromisos mensuales sin sobresaltos. Esta disparidad sitúa al endeudamiento no como una alternativa financiera voluntaria, sino como la respuesta inevitable ante una insuficiencia material persistente que desborda las economías familiares cotidianas.

La investigación de Periferias, coordinada por el sociólogo Daniel Menéndez junto con organizaciones comunitarias y equipos universitarios, evidencia que la aparente desaceleración inflacionaria en términos interanuales no encuentra correlato en las góndolas barriales. Si el punto de partida de las remuneraciones, jubilaciones mínimas y trabajos informales quedó rezagado, cualquier ajuste sobre tarifas, transporte o alimentos esenciales profundiza la brecha entre lo que ingresa y lo que indefectiblemente se debe erogar cada mes.

El alimento como principal destino del crédito

La actualización metodológica del informe revela una transformación cualitativa respecto de mediciones previas. Anteriormente, el instituto registraba que el 42,3% de quienes tomaban deuda la utilizaba para adquirir alimentos; sin embargo, en esta entrega definitiva, esa cifra trepó al 59,8% de las personas que poseen algún tipo de pasivo financiero. La comida, lejos de estar asegurada por la actividad laboral o la changa habitual, pasó a depender de compromisos crediticios inmediatos.

El patrón de endeudamiento abandonó la cobertura de eventos extraordinarios —como refacciones edilicias imprevistas, gastos médicos puntuales o celebraciones familiares— para instalarse de forma crónica en la adquisición de carnes, lácteos, harinas y productos secos. Cada canasta que se financia genera una carga que consumirá el ingreso del mes entrante, reproduciendo un ciclo acumulativo donde la familia inicia el período con una parte sustancial de sus recursos ya comprometida.

Canales de financiamiento: del plástico al fiado de cercanía

Para sortear la escasez diaria, los residentes de los asentamientos y villas apelan a un abanico heterogéneo y superpuesto de herramientas crediticias. Las modalidades informadas por la muestra dan cuenta de las siguientes proporciones de acceso:

  • Tarjetas de crédito: utilizadas por el 37,8% de los consultados para financiar compras en cadenas comerciales o pequeños autoservicios barriales.

  • Préstamos de familiares y conocidos: representan el 28,7%, sostenidos por redes de solidaridad comunitaria que operan bajo extrema tensión.

  • Prestamistas particulares: alcanzan al 23,6% de la muestra, con tasas desreguladas y cobros semanales o diarios de alto riesgo financiero.

  • Aplicaciones y billeteras virtuales: abarcan al 23,3%, reflejando la penetración de créditos digitales rápidos con costos financieros totales elevados.

Una trampa financiera que perpetúa la vulnerabilidad

El recurso reiterado a estas fuentes de dinero genera un efecto de bola de nieve sobre las economías más vulnerables. Cuando el saldo de una tarjeta o la cuota de un préstamo por aplicación vence, el dinero entrante se destina a amortizar intereses en lugar de adquirir nuevos insumos, forzando a solicitar nuevos créditos para compensar el bache original.

La crisis actual de deuda en los sectores periféricos se perfila así como una crisis estricta de ingresos. El crédito ya no habilita la mejora en las condiciones materiales de vida ni promueve la movilidad social, sino que simplemente actúa como un puente oneroso que posterga por semanas una privación material que sigue intacta en la vida diaria de millones de familias.