Hace 80 años se estrenaba en Estados Unidos el clásico filme El ciudadano, de Orson Welles

 

El clásico «El ciudadano», ópera prima de Orson Welles que es considerada por una importante parte de la crítica cinematográfica como una de las mejores películas de la historia por su notable innovación al combinar por primera vez distintos recursos de imagen y sonido de vanguardia en su época y una construcción narrativa no lineal, estrenaba hace 80 años en la ciudad de Nueva York.

Este aniversario llega justo cuando la revolucionaria obra se volvió nuevamente el foco de atención a raíz del estreno en noviembre de 2020 de «Mank», el filme de David Fincher producido por Netflix que rescata el rol protagónico que tuvo el guionista Herman Mankiewicz en la escritura de la cinta.

«El ciudadano», que estrenó en Argentina en agosto de 1941, se centra en la intrigante figura de Charles Foster Kane, un empresario interpretado por el mismo Welles y basado en el magnate de la prensa William Randolph Hearst, conocido por la enorme influencia política que ejercía a través de sus medios de comunicación y por su afinidad a las formas amarillistas de hacer periodismo.

El disparador de su historia se sitúa instantes antes de su muerte, cuando Kane deja caer de su mano un globo de nieve mientras pronuncia la misteriosa palabra «Rosebud», lo que despierta el interés de Jerry Thompson (William Alland), un periodista que decide investigar sobre su carrera y su vida íntima para hallar el significado de ese extraño término.

De forma retrospectiva y a partir de flashbacks que muestran los recuerdos de los colegas e íntimos de Kane entrevistados por Thompson, la narrativa descubre los orígenes de un hombre que se lanza en un primer momento a la industria editorial motivado por el idealismo y convencido de su servicio social, pero que progresivamente comienza a utilizarla para construir su propio lugar de poder.

Su intensa y particular vida, atravesada por grandes desafíos como figura pública y por sus conquistas y matrimonios fallidos, termina entonces con esa expresión suspirada por Kane, que en el filme sugiere una añoranza del protagonista por su infancia, aunque esto sigue siendo objeto de especulaciones entre los especialistas del cine al día de hoy.

Esa narrativa y la utilización de recursos visuales como la profundidad de campo y los planos contrapicados que permitían incluir en el cuadro los techos de las escenografías -algo inusual en esa época en la que los decorados de los estudios carecían de esos detalles-, sumados a una utilización pionera del sonido y la música para lograr su ambientación, dieron a la película una increíble solidez que sostiene su vigencia hasta la actualidad.

A pesar de que estas técnicas ya habían sido empleadas antes de forma aislada por otros cineastas, la visión de Welles, que ya había pasado por el teatro y la radio -en la que dejó una imborrable marca con su inolvidable transmisión de «La guerra de los mundos», de H.G. Wells-, logró reunirlas a todas y elevarlas en su primer largometraje, que tuvo un paso poco alentador por las salas pero fue rescatada años después por la crítica y puesta en valor con su reestreno en Estados Unidos en 1956.

En los premios Oscar que entrega la Academia de Hollywood, «El ciudadano» recibió nominaciones en los rubros de Mejor Película, Dirección, Actor, Música, Fotografía, Montaje, Dirección Artística y Sonido, y se llevó la estatuilla a Mejor Guion Original, que fue entregado a Welles y a Mankiewickz.

Justamente, esa dupla ganadora es la que la crítica estadounidense Pauline Kael objetó en un ensayo publicado en 1971 en la revista The New Yorker, en el que arremetía contra Welles por, según ella, haber intentado asumir el único puesto de guionista del filme y destacaba el rol de «Mank» como la verdadera pluma detrás del tamaño clásico.

Esa versión de los hechos fue trasladada a un guión escrito por Jack Fincher en la década de los 90, y que fue luego retomado por su hijo, David, para la producción de la película titulada Mank, el apodo de Mankiewickz, interpretado por el versátil actor británico Gary Oldman como un temperamental y deprimido espíritu que debió ser controlado rígidamente durante los dos meses en que escribió el libreto.

En lo que es un claro homenaje a «El ciudadano» y a la época dorada de la industria, Fincher filmó su cinta por completo en blanco y negro y con el sonido en mono, añadiéndole una textura característica de las cámaras antiguas, y con un destacado trabajo de arte que le valieron dos Oscar a Mejor Fotografía y Mejor Diseño de Producción en la última edición realizada el 25 de abril.