Crisis productiva: cerraron más de 26.000 empresas en dos años
Un informe de la UTN revela que el entramado empresarial argentino se encuentra al borde de su mínimo histórico tras la desaparición masiva de firmas industriales y comercios.
La economía argentina atraviesa uno de los procesos de desmantelamiento productivo más severos de su historia reciente. Según el último relevamiento del Observatorio de la Industria de la UTN.BA, el país ha perdido un total de 26.027 empresas en apenas dos años de gestión de Javier Milei. Esta cifra no solo representa una estadística alarmante, sino que sitúa al número de firmas activas en 488.177, apenas un escalón por encima del peor registro histórico de la serie analizada, ocurrido en 2021 durante la salida de la pandemia.
La destrucción del tejido empresarial afecta de manera transversal a casi todas las provincias y sectores, revirtiendo la recuperación sostenida que se había iniciado a finales de 2021 y que se mantuvo vigente hasta enero de 2024. El cambio de paradigma económico, caracterizado por la apertura y la caída del consumo interno, ha provocado un efecto dominó que hoy pone en riesgo la estabilidad laboral de miles de familias en todo el territorio nacional.
El desplome del sector industrial y comercial
El informe destaca que el comercio es el rubro más castigado en términos absolutos, liderando la pérdida con 6.291 establecimientos que bajaron sus persianas. Sin embargo, la mayor preocupación radica en la desaparición de 3.025 fábricas. Dentro del ámbito fabril, los subsectores de textil, confección y calzado fueron los más golpeados con una caída de 753 unidades productivas, lo que representa una reducción del 12,2% en su capacidad instalada.
A esta sangría se suman rubros estratégicos como la producción de alimentos y bebidas, que registró el cierre de 314 unidades, y el sector maderero, con 231 fábricas menos. Este panorama evidencia una crisis de rentabilidad y de sostenibilidad que afecta no solo a pequeñas y medianas empresas, sino también a marcas con décadas de trayectoria y fuerte reconocimiento en el mercado local.
Gigantes en jaque y medidas de supervivencia
La ola de cierres definitivos alcanzó a compañías de renombre como Whirlpool, Kimberly-Clark, FATE, Anselmo y Canale, firmas que históricamente han sido pilares de la producción nacional. No obstante, el informe advierte que los cierres son solo la punta del iceberg de un problema estructural más profundo. Miles de empresas que aún permanecen activas están implementando mecanismos extremos de supervivencia para evitar la desaparición total.
Casos emblemáticos como Georgalos, con 600 trabajadores suspendidos, o Acindar, con 200, ilustran la parálisis que afecta a las plantas industriales. Gigantes del sector automotriz como Toyota y Stellantis también se han visto obligados a frenar líneas de producción o recortar turnos ante la drástica caída de la demanda. Estas medidas de ajuste, que incluyen despidos en firmas como P&G, reflejan un horizonte de incertidumbre donde la capacidad ociosa de las fábricas continúa en aumento.
Un mapa federal del desierto productivo
El impacto geográfico de las políticas actuales muestra una caída casi unánime a nivel federal. La provincia de La Rioja encabeza la lista de los distritos más afectados con una reducción del 19,7% en su cantidad de empresas, un fenómeno explicado en gran medida por la fuerte crisis del polo textil local. Le siguen en gravedad Chaco, con la pérdida de 983 empresas, y Tierra del Fuego, con una caída del 11,7%.
Incluso en los grandes centros urbanos y productivos el golpe ha sido contundente: la provincia de Buenos Aires perdió 7.083 firmas, mientras que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires registró el cierre de 3.294 establecimientos. La única excepción a este desierto productivo es la provincia de Neuquén, que registró un leve crecimiento de 23 firmas, impulsado exclusivamente por la dinámica del sector energético vinculado a Vaca Muerta, que opera de forma aislada a la tendencia recesiva general.
Reflexión sobre la estabilidad económica
La dinámica de la última década en Argentina ha sido oscilante, pero la celeridad de la caída actual sugiere un cambio de ciclo que podría dejar heridas permanentes en la estructura del país. La desaparición de más de 26.000 empresas no solo implica una pérdida de recaudación y de PIB, sino la destrucción de capital social y conocimiento técnico acumulado durante generaciones.
El futuro del entramado productivo dependerá de la capacidad del sistema para recuperar niveles mínimos de consumo y previsibilidad. Sin una política que priorice la protección de las unidades económicas existentes, Argentina corre el riesgo de perforar su mínimo histórico y consolidar un modelo de baja densidad empresarial, con consecuencias sociales que podrían extenderse mucho más allá del presente mandato.
