Inteligencia artificial en las escuelas: el desafío de integrar tecnología sin perder pensamiento crítico

Dos de cada tres estudiantes argentinos utilizan herramientas de inteligencia artificial para sus tareas escolares, planteando una transformación radical que exige alfabetización digital urgente y supervisión docente para evitar atajos cognitivos.

El cierre del ciclo lectivo 2025 ha consolidado una tendencia irreversible en el sistema educativo argentino: la explosión de la inteligencia artificial (IA) en las aulas. Lo que comenzó como una curiosidad tecnológica se ha transformado en una herramienta cotidiana que redefine la relación entre alumnos, docentes y conocimiento. Según el reciente informe «Inteligencia artificial en la educación: desafíos y perspectivas», elaborado por Argentinos por la Educación junto a investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), el 66% de los estudiantes ya recurre a esta tecnología para resolver sus obligaciones académicas.

Este escenario presenta una dualidad compleja. Por un lado, la IA ofrece una capacidad de personalización del aprendizaje sin precedentes, actuando como un tutor disponible las 24 horas. Por el otro, expertos y académicos encienden las alarmas sobre los riesgos de un «aprendizaje superficial» y el posible debilitamiento de la autonomía intelectual en niños y adolescentes que encuentran en la máquina una respuesta inmediata, pero no siempre procesada críticamente.

El mapa del uso juvenil

Los datos revelados por UNICEF y UNESCO, integrados en el análisis, son contundentes: el 76% de los menores de entre 9 y 17 años conoce la IA generativa. Aunque la diversión y la búsqueda de información general aparecen en el radar, el uso pedagógico es predominante. Dos de cada tres chicos la emplean para realizar trabajos escolares, una cifra que obliga a las instituciones a replantear no solo el formato de las tareas, sino el sentido mismo de la evaluación.

Andrés Salazar-Gómez, investigador del MIT y coautor del informe, sostiene que la familiaridad de las nuevas generaciones con la tecnología no equivale a una competencia crítica. «La alfabetización en IA nos da la capacidad de entender y controlar la tecnología; sin ella, será la IA la que nos controle», advierte. La preocupación central radica en que los estudiantes utilicen estas herramientas como una «muleta» que reemplace el esfuerzo cognitivo en lugar de potenciarlo.

Transformación del rol docente

La inteligencia artificial no solo impacta en el escritorio del alumno. Para los docentes, representa una oportunidad de alivianar la carga administrativa y mejorar la calidad de la intervención pedagógica. El informe destaca tres pilares fundamentales:

  • Sistemas de tutoría inteligente: Capaces de adaptar explicaciones al ritmo individual de cada usuario.

  • Evaluación automatizada: Permite identificar errores recurrentes en grandes grupos de alumnos y ofrecer retroalimentación en tiempo real.

  • Alertas tempranas: Algoritmos que detectan patrones de inasistencia o riesgo de abandono escolar, facilitando una intervención estatal más precisa.

Sin embargo, esta eficiencia tecnológica conlleva el riesgo de la deshumanización. Alejandro Artopoulos, del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, señala que el riesgo es «epistémico»: la IA puede acelerar el acceso al dato, pero distorsionar la comprensión profunda del mismo.

Hacia un nuevo contrato pedagógico

La crisis de validación es quizás el desafío más urgente. Diego López Yse, investigador en IA de la UTN, plantea una realidad incómoda: si una máquina puede obtener una calificación en lugar del estudiante, esa nota pierde su valor como certificación de aprendizaje. En este sentido, la educación argentina se enfrenta a la necesidad de diseñar políticas públicas que no prohíban la tecnología, sino que la integren bajo criterios éticos y pedagógicos.

Santiago Siri, presidente de Democracy Earth Foundation, resume la postura de muchos especialistas al afirmar que la IA ya está en el aula, «nos guste o no». El desafío ahora es evitar que la personalización tecnológica se traduzca en una mayor desigualdad social. Para ello, la inversión en formación docente y la creación de marcos normativos que aseguren la transparencia de los algoritmos son pasos indispensables para que la IA funcione como una palanca de desarrollo y no como un acelerador de la deshonestidad académica.