Se cumple un aniversario del fallecimiento de Ricardo Piglia

Hace un año lamentábamos la partida de un hijo dilecto de Adrogué, Ricardo Piglia, responsable de obras como “Respiración artificial” y “Plata Quemada”.

El escritor falleció el 6 de enero de 2017 a los 75 años, tras varios años de lucha contra una Esclerosis Lateral Amiotrófica(ELA). Piglia, nacido el 24 de noviembre de 1941 en Adrogué, era considerado uno de los mejores exponentes de la nueva época narrativa argentina. Con su muerte se apagó una de las voces más singulares y una de las trayectorias más brillantes de la narrativa latinoamericana de los últimos cincuenta años.

El autor trabajó los últimos años como profesor de Literatura Latinoamericana en Princeton EE.UU. ‘Camino de Ida’, una de sus últimas novelas, se convirtió en un retrato ficcionado de sus vivencias como académico. Durante los últimos años, Piglia se embarcó en uno de sus proyectos más personales, la escritura de sus diarios. En el 2015 se publicó el primer tomo bajo el título de “Los diarios de Emilio Renzi”, el nombre del alter ego que estuvo presente en muchos de sus textos.

En 2016 publicó el segundo tomo y el tercero se iba a publicar en septiembre de 2017. Entre los reconocimientos que ganó a lo largo de su carrera está el premio Rómulo Gallegos, el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas y el Formentor Award. El trabajo desarrollado por este autor podría condensarse en el criterio de Tzvetan Todorov según el cual “toda obra, toda novela cuenta, mediante la trama de los acontecimientos, la historia de su propia creación, su propia historia”.

Comenzando por su primer libro de relatos, Jaulario, que obtuviera una mención en el Premio Casa de las Américas en 1967, otorgado por un jurado compuesto por Mario Benedetti, Jesús Díaz, Enrique Lihn, Carlos Monsiváis y Dalmiro Sáenz, y sobre el que expresara Haroldo Conti (con base en la edición argentina publicada el mismo año con el título de La invasión) lo siguiente: “Narrados con fervor y potencia expresiva, construidos con lúcido, infrecuente rigor, estructurados en el interior de una prosa que modula su ritmo y su eficacia en la violenta densidad de los hechos, cada uno de los cuentos de este libro es un puente, una llave para acceder a un territorio familiar y oblicuo, a un mundo brutal en el que la delación y la crueldad están en la base de las relaciones humanas”.

Ocho años después, con los textos contenidos en Nombre falso (1975), se nos revela como un autor que busca nuevas alternativas estructurales para la decantación del relato. El mismo Piglia nos describe el contenido del volumen: “Nombre falso se trata de una novela corta y cinco cuentos. La novela (a mi juicio lo más importante del libro, o por lo menos lo que a mí más me interesa) se llama Homenaje a Roberto Arlt. Argumentalmente, es la historia de alguien que busca un cuento inédito de Arlt: en lo profundo es una reflexión sobre la literatura en general. En cuanto a los cinco cuentos, todos narran, con diferentes tramas, una misma historia: la de gente encerrada en una situación un poco violenta, que trata de resolver una relación personal, una relación de dominio de un individuo sobre otro”. En este homenaje narrativo al autor de Los siete locos y Los lanzallamas la crítica se vuelve ficción, Piglia indaga en los códigos de la crítica literaria para desarrollar una trama casi policial convirtiendo al lector en el protagonista principal. Igual procedimiento es apreciable en su primera novela, Respiración artificial (1980), en donde Emilio Renzi, su alter ego, realiza una investigación del pasado para realizar una biografía de su tío Maggi, quien a su vez trabajó en la composición de una biografía de Enrique Osorio, situación que enmascara realmente una reflexión sobre la historia como fundamento.

Novela llena de referencias tanto a la realidad como a la realidad de la lectura, es un libro lleno de citas explícitas y veladas que van conformando el paisaje de la trama. En 1992 aparece La ciudad ausente, otro artefacto narrativo lleno de citas y homenajes: “La ciudad ausente contiene varias fortunas -nos comenta Mauricio Molina-, la historia de un gaucho invisible, la de una mujer suicida en un hotel de provincia, pero sobre todo la historia, entre ficticia y real, de la muerte de Elena, la mujer de Macedonio Fernández, ese escritor secreto cuya obra profundamente moderna nos hace pensar en un Marcel Duchamp de la literatura. Elena es la Eterna, que al morir se convertirá en una máquina productora de relatos que la policía busca extirpar de la memoria colectiva.

Porque, además, la novela de Piglia es una novela política, en su trama quedan implicados los desaparecidos, la tortura, el terror psicológico (infaltable en una sociedad que padece exceso de psicoanálisis) y la voluntad de olvido”. Finalmente, quizás sea Plata quemada (1997) la novela de Piglia que mejor se ata al canon tradicional de la narración. Aquí se recrea un asalto bancario ocurrido en Buenos Aires en 1965 y reseñado por la prensa de la época, lo cual le sirve como pretexto a nuestro autor “para plantear una suerte de utopía anarquista, irónicamente identificada con un crimen violento y unos delincuentes marginales capaces de violar todas las reglas para abrirse paso en el mundo”, según nos reseña Pablo Gamba. La concesión del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2011 a Blanco nocturno, de Ricardo Piglia, no vino sino a coronar el desarrollo de una narrativa laberíntica, refinada, hecha con una inteligencia capaz de retar la perspicacia de cualquier lector, como nos lo ha dejado entrever Piglia en una página de La ciudad ausente: “Un relato no es otra cosa que la reproducción del mundo a una escala puramente verbal. Una réplica de la vida, si la vida estuviera hecha sólo de palabras”