Los años nuevos: una disección del amor real que desafía a los algoritmos

La miniserie española disponible en Mubi recorre una década de relación a través de diez fines de año, apostando por la autenticidad y la imperfección de los vínculos modernos.

En una era donde las historias de amor suelen estar procesadas por el filtro del cliché o las métricas de las plataformas, Los años nuevos emerge como una propuesta radicalmente humana. La producción franco-española, creada por Rodrigo Sorogoyen, no busca la grandilocuencia del romance imposible ni el artificio del drama extremo. Por el contrario, se sumerge en la espesura de la cotidianeidad para retratar el desgaste, la complicidad y la resiliencia de Ana y Óscar, una pareja que el espectador adopta como propia desde el primer brindis. Disponible en Mubi, la serie estrena episodios semanalmente, consolidándose como un ejercicio narrativo único que utiliza el cambio de calendario como espejo del cambio vital.

Una década condensada en diez madrugadas

La estructura de la serie es su declaración de principios: diez episodios, cada uno situado entre la Nochevieja y el Año Nuevo, desde 2015 hasta 2025. Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) se conocen en una fiesta de fin de año cuando ambos transitan los 29 años. El azar no solo los une en un bar, sino en una coincidencia temporal casi mágica: él cumple años el 31 de diciembre y ella el 1 de enero. Apenas unos minutos separan sus nacimientos, pero una década de matices separará aquel primer encuentro del desenlace de su historia.

A diferencia de otras ficciones que saltan en el tiempo para mostrar hitos traumáticos, Sorogoyen elige mostrar lo que ocurre en los márgenes. Los diálogos en la cama, las borracheras alegres, las cenas familiares tensas y los silencios cargados de reproches son los ladrillos con los que se construye este relato. La serie comprende que el amor no se rompe por un gran evento, sino que se erosiona por la acumulación de pequeñas divergencias y el peso implacable de la rutina.

El triunfo de la verosimilitud actoral

Nada de este experimento funcionaría sin la química eléctrica entre Iria del Río y Francesco Carril. Ella interpreta a una periodista inconstante, reflejo de la precariedad y las dudas vocacionales de su generación; él, un médico internista entregado a su labor pero aferrado a estructuras que Ana no siempre puede —o quiere— habitar. Juntos logran una verosimilitud que trasciende la pantalla, especialmente en escenas de gran voltaje sexual o en conversaciones triviales donde la complicidad se siente orgánica y no guionada.

El cuarto episodio merece una mención especial. Situado en una cena familiar, se convierte en una pieza de relojería dramática donde los pases de factura, las historias no resueltas y las tensiones subyacentes estallan con un ritmo magistral. Es en estos momentos donde la serie se aleja de la referencia ineludible de Richard Linklater para encontrar una voz propia, más cruda y menos idealizada.

Una oda a la imperfección en la era de las redes

En tiempos de imágenes curadas para Instagram y felicidades empaquetadas al vacío, Los años nuevos es una oda a la belleza de lo fallido. Es una historia de amor «defectuosa» y, por lo tanto, profundamente bella. No hay villanos externos ni impedimentos de clase; el único antagonista es el tiempo y la propia evolución de dos identidades que intentan permanecer unidas mientras el mundo cambia a su alrededor.

La serie, que Mubi estrena cada miércoles (actualmente transitando su octavo capítulo), demuestra que el amor romántico no tiene por qué ser de color rosa para ser valioso. Es, en cambio, una construcción artesanal, llena de asperezas y contradicciones, que sobrevive lejos de los algoritmos y más cerca de la verdad de quienes se atreven a intentarlo año tras año.

El espejo de nuestras propias uvas

Los años nuevos termina siendo un espejo para el espectador. Al finalizar cada episodio, es inevitable preguntarse dónde estábamos nosotros en aquel 2016 o qué esperábamos del 2022. Sorogoyen ha logrado transformar una miniserie en un archivo emocional de una generación, recordándonos que, aunque las campanadas suenen igual cada año, nosotros nunca somos los mismos que las escuchamos la vez anterior.