Pasión por el tesoro propio: Argentina celebra el Día del Coleccionista
Cada 7 de enero se conmemora la labor de quienes preservan la historia y la cultura a través de objetos, una práctica que combina la nostalgia con la meticulosidad del archivo.
El calendario cultural argentino reserva el 7 de enero para homenajear a una figura silenciosa pero fundamental en la conservación del patrimonio: el coleccionista. Esta efeméride celebra a aquellas personas que, movidas por la curiosidad, el estudio o el simple afecto, dedican tiempo y recursos a reunir, clasificar y proteger objetos que van desde lo cotidiano hasta piezas únicas de valor histórico incalculable.
En Argentina, el coleccionismo no es solo un pasatiempo; es una actividad con una larga tradición que ha permitido que miles de piezas no terminen en el olvido. Desde numismática (monedas) y filatelia (sellos) hasta objetos de cultura pop, juguetes antiguos o documentos históricos, los coleccionistas actúan como guardianes de la memoria colectiva.
El origen de la celebración
La elección de esta fecha tiene una raíz histórica profunda. Se celebra el 7 de enero en conmemoración a la fundación de la Peña de Coleccionistas de la Ciudad de Buenos Aires en 1952. Esta organización fue pionera en agrupar a entusiastas que buscaban intercambiar conocimientos y piezas, formalizando una pasión que hasta entonces se vivía de manera individual o en círculos muy cerrados.
Con el tiempo, la fecha fue adoptada a nivel nacional, extendiéndose a todas las disciplinas. Hoy, el coleccionismo ha evolucionado con la tecnología: si bien las ferias de plazas y parques (como la del Parque Rivadavia o Parque Centenario) siguen siendo el corazón de la actividad, las plataformas digitales y redes sociales han globalizado los mercados de intercambio, permitiendo que piezas argentinas lleguen a colecciones de todo el mundo.
El perfil del coleccionista moderno
A diferencia del mito del acumulador, el coleccionista se distingue por el rigor y la curaduría. Un verdadero coleccionista investiga el contexto de cada pieza, su origen, su estado de conservación y su rareza. En este sentido, la actividad roza lo académico; muchos museos nacionales y provinciales han nutrido sus salas gracias a donaciones de coleccionistas privados que decidieron socializar sus hallazgos.
En la actualidad, el fenómeno ha sumado a las nuevas generaciones. El «coleccionismo de nicho», que abarca desde vinilos y cámaras analógicas hasta action figures o camisetas de fútbol, ha revitalizado los clubes de intercambio. Según especialistas, el motor de esta actividad suele ser la «búsqueda del tesoro»: ese momento en el que, tras años de búsqueda, se encuentra la pieza faltante que completa una serie o un catálogo personal.
El impacto cultural y económico
Más allá del valor sentimental, el coleccionismo genera un mercado dinámico. En tiempos de incertidumbre económica, ciertos objetos —como monedas de edición limitada, obras de arte o antigüedades— funcionan como refugio de valor. Sin embargo, para la mayoría de los agasajados en este día, el verdadero beneficio reside en la satisfacción de rescatar un fragmento del pasado y mantenerlo vivo para el futuro.
Las asociaciones de coleccionistas en todo el país suelen aprovechar esta jornada para realizar exposiciones virtuales o encuentros presenciales, donde el foco no está en el precio de los objetos, sino en las historias que estos cuentan. Un juguete de los años 50 o una carta manuscrita del siglo XIX son, en manos de un coleccionista, documentos vivos de quiénes fuimos.
