Dieta de carbohidratos en la Argentina de Milei: el impacto del ajuste en la mesa familiar

En la Argentina de Milei, la caída del poder adquisitivo cambia la dieta. Familias reemplazan carne y lácteos por papa, polenta y fideos. Analizamos el impacto nutricional.

En un contexto de profunda recesión económica y caída del poder adquisitivo, la dieta de los argentinos ha sufrido una drástica transformación. Ante el encarecimiento de los alimentos, las familias han comenzado a reemplazar proteínas de alto valor biológico como la carne y los lácteos por productos más baratos y de menor valor nutricional, como la polenta, la papa y la harina. Esta alarmante tendencia, revelada por un informe del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), evidencia el costo humano del ajuste y sus consecuencias a largo plazo en la salud pública.

Según Germán Romero, director del IETSE, el patrón de consumo se está alejando peligrosamente de las recomendaciones nutricionales. La falta de acceso a una alimentación variada y equilibrada, con la consecuente pérdida de vitaminas y minerales, genera preocupación por el riesgo de desnutrición y otras enfermedades asociadas a la malnutrición. El fenómeno, que se profundizó desde la asunción del gobierno de Javier Milei, pone en jaque la seguridad alimentaria de un sector importante de la población, obligando a las familias a tomar decisiones dolorosas en el supermercado.

La caída del consumo de proteínas y productos frescos

Las cifras son contundentes y reflejan la gravedad de la situación. El consumo de carne vacuna ha experimentado una caída histórica, con el asado, la carne picada y la carne para milanesas sufriendo reducciones del 68%, 73% y 60% respectivamente. Aunque la caída es menor, el pescado y el pollo también han visto mermas significativas del 58% y 21%. Este descenso en el consumo de proteínas no solo afecta la masa muscular y la energía, sino que también debilita el sistema inmunológico, haciendo a la población más vulnerable a enfermedades.

Pero el problema no se limita solo a la carne. Las frutas y verduras, pilares de una dieta saludable, también han perdido protagonismo en la mesa familiar. La situación ha llevado a una sustitución por opciones más económicas, como la papa y la cebolla, cuyo consumo ha aumentado un 28% y 40% respectivamente. Si bien son versátiles y baratos, estos alimentos no pueden reemplazar la diversidad de nutrientes que ofrecen otras frutas y verduras, como las de hoja verde, que aportan una amplia gama de vitaminas, antioxidantes y fibra esenciales para el correcto funcionamiento del organismo.

El auge de los carbohidratos como principal fuente de alimentación

La contraparte de la caída en el consumo de proteínas y productos frescos es el auge de los carbohidratos de bajo costo. El informe del IETSE revela un alarmante incremento en la ingesta de polenta (142%), harina (40%), fideos (28%) y arroz. Estos alimentos, aunque calóricos y saciantes, no ofrecen una solución integral a las necesidades nutricionales. Su consumo masivo puede generar problemas de salud a largo plazo, como el aumento de peso y el riesgo de diabetes, ya que no son metabolizados de la misma manera que las proteínas.

La dependencia de estos alimentos ultraprocesados y ricos en almidones genera una paradoja nutricional: aunque las personas puedan sentirse «llenas», sus cuerpos están deficientes de los micronutrientes necesarios para funcionar correctamente. La dieta de papa y polenta es un síntoma de un problema más grande: la inaccesibilidad a una alimentación digna y saludable. Este fenómeno impacta de manera desproporcionada en los sectores de bajos ingresos, que son los más afectados por la pérdida del poder adquisitivo y los que, paradójicamente, necesitan de una nutrición más robusta para enfrentar los desafíos cotidianos.

Consecuencias a largo plazo y la necesidad de políticas de apoyo

La situación actual no solo tiene un impacto inmediato en la calidad de vida de los argentinos, sino que también plantea un grave problema de salud pública a largo plazo. Una dieta basada en carbohidratos y deficiente en proteínas, vitaminas y minerales puede tener consecuencias devastadoras, especialmente en niños y adolescentes, cuyo desarrollo físico y cognitivo podría verse seriamente afectado. La falta de acceso a la alimentación adecuada genera un ciclo de pobreza y enfermedad que es difícil de romper.

Para revertir esta tendencia, se necesitarán políticas públicas que garanticen la seguridad alimentaria, como programas de asistencia, subsidios a productos esenciales y campañas de concientización sobre nutrición. La situación actual exige una respuesta urgente y coordinada del gobierno, la sociedad civil y el sector privado, para asegurar que el acceso a una alimentación digna sea un derecho y no un privilegio. El debate sobre el ajuste económico debe incluir el costo humano de estas políticas y la necesidad de proteger a los más vulnerables de sus consecuencias más graves.